Bunia, República Democrática del Congo. — La crisis sanitaria por el brote de ébola en la República Democrática del Congo (RDC) alcanzó niveles críticos este fin de semana. Según el último informe oficial de las autoridades congoleñas, la enfermedad ha cobrado ya la vida de 864 personas, con un total de 2,181 casos confirmados.
Ituri: el epicentro del desastre
La provincia de Ituri se mantiene como el punto focal de la epidemia, concentrando cerca del 90% de los contagios. Pese a que se contabilizan 412 personas recuperadas, la tasa de letalidad se mantiene preocupantemente alta, en un 39.6%, mientras que la capacidad de las autoridades para rastrear nuevos contactos de riesgo apenas alcanza el 66.9%, lo que dificulta contener la propagación del virus.
Ataques ponen en jaque la ayuda humanitaria
El mayor obstáculo para frenar el virus no es solo la biología, sino la creciente inseguridad. Según fuentes sanitarias, se han registrado al menos una docena de ataques directos contra instalaciones médicas y brigadistas. Adelard Lufongola, gerente de operaciones de respuesta, denunció en conferencia de prensa que la hostilidad ha escalado hasta alcanzar a los equipos de sepelios, quienes enfrentan amenazas constantes mientras intentan realizar entierros seguros.
La situación ha llegado a un punto tal que, en los últimos días, diversos grupos de médicos y voluntarios han abandonado comunidades remotas de Ituri para replegarse hacia la ciudad de Bunia por temor a represalias violentas, dejando a miles de personas sin asistencia básica.
Una enfermedad con historia
El ébola, identificado por primera vez en territorio congoleño en 1976, persiste como una de las amenazas infecciosas más letales. Se transmite a los seres humanos a través de animales salvajes y se propaga entre personas mediante el contacto directo con sangre, fluidos corporales y secreciones de pacientes infectados.
La comunidad internacional observa con preocupación cómo la combinación de un sistema de salud desbordado y un entorno de violencia social amenaza con prolongar una epidemia que, a más de cuatro décadas de su primer hallazgo, continúa desafiando los esfuerzos de erradicación en el corazón de África.