O adiós al celular en escuelas de  Coahuila, o Zombieland en breve
Coahuila

O adiós al celular en escuelas de Coahuila, o Zombieland en breve

Antes de que incursionase como asunto a la agenda pública vía la SEP, como ha sucedido en últimas fechas, hace un año y medio en este mismo espacio se planteó un tema: “Por qué no decir adiós al celular en las escuelas de Coahuila” (Zócalo, 9 de marzo de 2025).

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Autor: José Alfredo Ramos López
20 de agosto de 2026 a las 04:00 · 16 Vistas · 2 min de lectura

Antes de que incursionase como asunto a la agenda pública vía la SEP, como ha sucedido en últimas fechas, hace un año y medio en este mismo espacio se planteó un tema: “Por qué no decir adiós al celular en las escuelas de Coahuila” (Zócalo, 9 de marzo de 2025).

Querétaro fue pionero al dar el primer paso y legislar el asunto, al prohibirlos en el nivel básico (primaria, secundaria y bachillerato). El 20 de febrero de 2025, entró en vigor la medida. Desde entonces otras 15 entidades han hecho lo propio con regulaciones más o menos laxas.

Coahuila, en cambio, aún deshoja la margarita la víspera del próximo periodo de sesiones del Congreso del Estado que inicia el 1 de septiembre. Aunque no hay mucho qué deliberar.

Un libro que debería ser lectura obligada para educadores y, en general, cualquier interesado en su entorno (desde un ámbito antropológico, sociológico y sicológico), es La Generación Ansiosa (Por Qué las Redes Sociales Están Causando una Epidemia de Enfermedades Mentales entre Nuestros Jóvenes), de Jonathan Haidt (Planeta, 2024).

Parte de una hipótesis: “la salud mental de los niños y adolescentes se derrumba”, y un diagnóstico: “desde 2010 en los países desarrollados, se ha observado un inquietante y pronunciado aumento en el número de jóvenes diagnosticados con ansiedad, depresión y otros trastornos sicológicos”.

La infancia basada en el teléfono, pues, perjudica fundamentalmente cuatro cosas, de acuerdo con el autor: “privación social, falta de sueño, fragmentación de la atención, y adicción”.

Jonathan Haidt apunta hacia la convergencia de varios fenómenos: el rápido despliegue de la banda ancha de telecomunicaciones en el 2000, la llegada del iPhone en 2007, la aparición de los botones “Me gusta” y “Compartir” en 2009, que transformó la dinámica social del mundo online (redes sociales que nacieron con la utilidad de vincular personas conocidas, mutaron en un nicho de retroalimentación instantánea para desconocidos), la aparición de las cámaras frontales en smartphones en 2010 (incitando a la publicación de selfies con el ánimo de que propios y extraños vean y, no sólo eso, sino que juzguen), y finalmente la adquisición de Instagram (la red de redes para el hedonismo, narcisismo y voyerismo) por Facebook en el 2012.

Así, la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) y su sucedáneo, los Alfa (menores de 12 años de edad actualmente), cuya pubertad transcurre en ese universo que moldea la naturaleza de la infancia, experimentan lo que denomina “la gran reconfiguración”. “Es como si fuese la primera generación que crece en Marte”, afirma.

Una transformación histórica e insólita de la infancia humana, a partir de cambios tecnológicos y culturales profundos. Ahora bien, si en los hogares no educan, si la escuela no educa, y la formación de los infantes es sustituida por una tableta con imágenes que hipnotiza y entretiene, la sociedad en su conjunto vamos a padecer (no se vaya muy lejos, en un plazo de 5-7 años) a esas hordas de intolerantes a la frustración acostumbrados a mandar y a recibir estímulos instantáneos en consecuencia, así sea sólo en el mundo virtual con sus dedos, sin capacidades ni habilidades sociales.

Es sencillo: el Estado debe cuidar de sí mismas a las personas. Si no hay autocontrol, y la consecuencia de no existirlo es perjudicial, alguien debe actuar y remediar el mal menor, antes de que escale.

Como la controvertida propuesta de prohibir los saleros encima de las mesas impulsada por Rubén Moreira, años atrás: si eres incapaz de controlarte, alguien tiene que hacerlo por ti, es el mensaje.

Si bien la legislación coahuilense contempla el caso en el Artículo 7 de la Ley Estatal de Educación, usa un verbo: “cuidar”, que el uso de dispositivos móviles no sea distractor “durante el tiempo destinado para la impartición de horas efectivas de clases”.

En los hechos, representa no imponerse, no meterse en problemas como autoridades educativas. Máxime ahora, en los tiempos que se viven, cuando profesores han perdido potestad sobre sus grupos y libertad de cátedra, migrando el modelo magisterial hacia guarderías ideológicas del pensamiento “woke”.

No obstante pocas acciones pueden ser tan efectivas, por su alcance masivo, incidencia directa en el comportamiento social, y costo económico cero, como prohibir los celulares en las escuelas.

En un libro previo de Haidt (2019), La Transformación de la Mente Moderna (Cómo las Buenas Intenciones y las Malas Ideas están Condenando a una Generación al Fracaso), prueba como los adolescentes empezaron a deprimirse más después de tener iPhone, o que usuarios más intensivos fueron los más deprimidos.

Propone tres cosas: nada de smartphones antes de los 14 años (sólo básicos sin navegador de internet), nada de redes sociales antes de los 16 (cuando el desarrollo cerebral más vulnerable pase), y escuelas sin teléfonos móviles (durante la jornada escolar, la única forma de liberar su atención para los demás y para sus profesores).

 

 

Cortita y al pie

Es neurociencia. Niños y adolescentes, cuyas cortezas cerebrales frontales no están totalmente desarrolladas, ya que son las últimas en madurar, son, debido a ello, “las personas con menos fuerza de voluntad y más vulnerabilidad a la manipulación”, explica el académico.

En promedio, un joven recibe 192 notificaciones diarias en su teléfono, procedentes de las aplicaciones sociales y de comunicación, según un estudio publicado en 2023 por DataReportal.

Esa cantidad incesante de interrupciones y distracciones, conocida como “fragmentación de la atención”, repercute a la capacidad de los adolescentes para pensar, y puede dejar una marca permanente en su cerebro, aún en proceso de configuración.

 

 

La última y nos vamos

Hoy la Generación Z, explica Haidt, “es la generación en la historia menos capaz de arraigar en comunidades del mundo real.

“Por el contrario, saltan a través de múltiples redes de relaciones, mezcla de personas conocidas y desconocidas, algunas de las cuales utilizan apodos y avatares, y muchas se habrán esfumado.

“Su vida es un tornado diario de memes, modas y microdramas efímeros, a cargo de un elenco rotante de millones de actores de reparto. No tienen raíces que los anclen ni los nutran; no tienen un conjunto claro de normas que los limiten y los guíen en el camino a la edad adulta”.

El colapso sicológico masivo es inminente. Llegamos al punto evolutivo donde la teoría de que cada generación supera a la pasada, ya no aplica. Vamos directo a Zombieland.

 

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