Saltillo ya ‘farmeaba aura’, y con mejor estilo, hace 30 años
Coahuila

Saltillo ya ‘farmeaba aura’, y con mejor estilo, hace 30 años

Instalados en la era de la “modernidad líquida” que definió Bauman, cuántas horas más durará esa tendencia mundial denominada “farmear aura” que, rueda rodando, llegó desde las urbes más cosmopolitas del orbe hasta el kiosco de la plaza principal de Múzquiz, Coahuila.

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Autor: José Alfredo Ramos López
27 de agosto de 2026 a las 04:00 · 18 Vistas · 2 min de lectura

Instalados en la era de la “modernidad líquida” que definió Bauman, cuántas horas más durará esa tendencia mundial denominada “farmear aura” que, rueda rodando, llegó desde las urbes más cosmopolitas del orbe hasta el kiosco de la plaza principal de Múzquiz, Coahuila.

El fenómeno es efímero (no tendría por qué ser de otra forma en los días que se viven), producto de la imitación de conductas y el adolescentrismo que genera el uso de las redes sociales como ventana al mundo y vehículo de interacción. Lo mismo se ha presentado en Barcelona que en la Región Carbonífera. Siguiendo la estela de los retos virales importados de otras latitudes, pasó por Saltillo y se detuvo en la Alameda Zaragoza; también en la Plaza Nueva Tlaxcala en días pasados.

Las “batallas” de “farmear aura” no reivindican algo social, tampoco hay en ellas un trasfondo de crítica política o desafío al establishment. No buscan “leer” el aura, como en el plano místico-metafísico se hace con el campo resplandeciente que irradia el cuerpo humano.

Son, por el contrario, gestos y poses, movimientos y técnicas, de carácter lúdico. Un punto medio entre breakdance, pero con menor coordinación motriz, y mímica, aunque con menos arte. Un performance de teatro experimental desagradable a los sentidos que produce pena ajena. No importa. No tiene porque ser modélico, o siquiera comprensible. Tampoco es original ni creativo.

Es una manifestación cultural en los hechos. Códigos de lenguaje, e identificación colectiva, que subsisten desde que un Homo erectus descubrió el fuego con el mismo objeto: reconocerse entre pares.

Argumentan se trata de demostrar carisma, obtener admiración y prestigio. Quizá respeto, aunque esto último no importa tanto.

Por lo demás, en la naturaleza también existían desde tiempos inmemoriales los pavorreales explayando su plumaje frente a otras aves. “Farmeaban aura”, pues.

Es el choque generacional de un colectivo, el Z, que se cree muy especial (todas las generaciones en algún momento han hecho lo propio, justo es decirlo) y está reinventando el mundo, cuando sólo están expresando -a su manera- cosas que ya se hacían en el pasado. Por tanto ni es tan distinto de sus antepasados, ni reescribe absolutamente nada. Si acaso aporta un estilo que tampoco es superior estéticamente a lo ya visto y experimentado (aunque esto último es susceptible de ser discutido y debatido, ya que subjetivo es).

Quizá la única ventaja de “farmear aura” sea que no existe riesgo de terminar en riña, a diferencia de las “retas” de baile.

Se ha escrito aquí antes: desde los asentamientos nómadas tlaxcaltecas y españoles que cohabitaron en la villa dividiéndola en dos (San Esteban y Santiago respectivamente), a la fecha, quienes habitan temporalmente un pedazo de tierra en El Valle de las Montañas Azules asumen una actitud territorial, en defensa de sus parcelas, con una manifestación antisocial: las habituales riñas.

El derecho divino de pertenecer a un barrio considerado por encima del derecho civil a la libertad de Tránsito.

Y aquí llegamos a un punto medular de la idiosincrasia local.

 

Cortita y al pie

La historia oficialista no lo documenta, pero un hito se desplegó a principios de los noventas en Saltillo: “De la calle”, la obra de teatro que congregó multitudes en el Fernando Soler, mayoritariamente jóvenes pandilleros y chavos banda, llevando hasta sus butacas gente que no habría llegado ahí en otras circunstancias, durante funciones consecutivas con el recinto de cantera lleno por temporadas y habituales filas inmensas en su exterior. El mayor éxito de taquilla que se recuerde.

Pese a constituir un amplio sector de la comunidad en donde se desenvuelve, hasta entonces nunca había sido retratado el marginado social en escena, simbolizada su psique, ni expuestas sus problemáticas con el medio y especialmente proyectadas sus danzas urbanas.

Es llamativa, por lo demás, la semejanza entre los matlachines, patrimonio ultural, inmaterial e intangible del Municipio, y el denominado baile colombiano; no sólo por los pasos cadenciosos y repetitivos, sino por la pulsión pantomímica. Ambas manifestaciones, particularmente la última, por encima de las “batallas” de “farmear aura”.

En los noventas, al mismo tiempo, muchos otros invisibles al ojo público expresaban sus filias en el Studio 85, un bodegón que violaba todos los protocolos de Protección Civil y fue habilitado como salón recreativo para tardeadas en domingo. Ahí vibraba el alma de los saltillenses condenados por cuestiones de territorialidad a desplegar su yo en la periferia. Los barrializados y racializados por miles llegaban de los confines suburbanos con su indumentaria característica, muchos años antes de su concepción como Chúntaro Style, y cercaban el perímetro alrededor de su catedral de la música vallenata, en el primer cuadro de la ciudad, en una manifestación auténtica de folclore, acaso la más genuina junto a quienes hacían lo propio en otro recinto: el Kumbala.

 

La última y nos vamos

No es un tema de competencia intergeneracional, sin embargo aquél momento histórico donde a la vez coexistieron el Studio 85 y el Kumbala, quizá haya sido el periodo de mayor esplendor de la cultura popular en Saltillo. O dicho en términos actuales: cuando más aura se farmeó.

Hoy sólo son polvos de aquellos lodos.

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