Anatomía de un cataclismo en Nepal: así una montaña colapsó y convirtió un río en una corriente devastadora
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Anatomía de un cataclismo en Nepal: así una montaña colapsó y convirtió un río en una corriente devastadora

El colapso de una enorme masa de hielo y roca desencadenó una sucesión de fenómenos que transformó un río en una corriente devastadora

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Autor: José Alfredo Ramos López
28 de agosto de 2026 a las 14:24 · 17 Vistas · 2 min de lectura

Nepal.- En cuestión de minutos, una montaña del Himalaya desencadenó una sucesión de fenómenos capaz de arrasar todo a su paso. Hielo, enormes cantidades de roca, agua y sedimentos descendieron hacia los valles hasta convertirse en una violenta corriente.

El desastre ocurrido el 26 de agosto en la frontera entre Nepal y el Tíbet no habría sido una inundación convencional, sino lo que los especialistas describen como un “peligro en cascada”: un fenómeno inicial provoca otro y éste, a su vez, desencadena uno todavía más destructivo.

Una montaña comenzó a caer

La reconstrucción disponible apunta hacia la zona de Langtang Lirung, donde una enorme sección de hielo y roca se desprendió a unos 5 mil 200 metros sobre el nivel del mar.

El material cayó aproximadamente mil 200 metros, generando una avalancha que descendió por el valle hasta alcanzar el río Lhende Khola.

Pero el desprendimiento era apenas el comienzo.

Los escombros bloquearon temporalmente el río y formaron una especie de presa natural. El agua comenzó a acumularse detrás de aquella barrera improvisada hasta que finalmente cedió.

Entonces, una enorme cantidad de agua mezclada con hielo, rocas y sedimentos fue liberada súbitamente río abajo.

La inundación se convirtió así en un flujo de escombros, considerablemente más destructivo que una crecida convencional.

Una corriente de hasta 180 kilómetros por hora

La velocidad que alcanzó el fenómeno permite dimensionar su violencia.

De acuerdo con la reconstrucción citada en el material, el flujo pudo desplazarse a aproximadamente 50 metros por segundo, equivalentes a unos 180 kilómetros por hora, y recorrió más de 20 kilómetros.

Río abajo, el nivel del agua llegó a aumentar hasta nueve metros en solamente 30 minutos. La corriente descendió desde una altitud superior a los 5 mil metros y terminó alterando cauces durante más de 100 kilómetros.

La cadena puede resumirse de esta manera:

Hielo y roca se desprenden → se produce una avalancha → los escombros bloquean el río → se forma una presa natural → la barrera colapsa → agua, rocas y sedimentos son liberados → se genera un flujo devastador.

¿El calentamiento global provocó el desastre?

La respuesta científica requiere cautela.

Con la evidencia disponible no puede afirmarse que el cambio climático haya causado directamente el desprendimiento del 26 de agosto.

Sin embargo, el calentamiento puede modificar las condiciones que mantienen estables las montañas: reduce el soporte proporcionado por el hielo en pendientes pronunciadas, incrementa el agua procedente del deshielo y altera los ciclos de congelamiento y descongelamiento. Todos estos factores pueden favorecer la inestabilidad de las laderas.


El Himalaya lleva años mostrando señales de transformación.

Los glaciares retroceden, aparecen y crecen lagos glaciares, aumenta el agua procedente del deshielo y algunas zonas de permafrost se descongelan. Al mismo tiempo, ciertas paredes de hielo y roca pueden perder estabilidad.

El resultado no significa necesariamente que catástrofes como ésta vayan a ocurrir constantemente, sino que el entorno físico que permite que sucedan está cambiando.

El desastre que los sensores no pudieron detener

El caso también deja al descubierto uno de los mayores desafíos para los sistemas de alerta temprana.

Los instrumentos pueden detectar que un río está creciendo, pero resulta mucho más complicado anticipar el instante preciso en el que millones de toneladas de hielo y roca se desprenderán de una montaña.

En este caso, una estación cercana a la frontera transmitía información cada 10 minutos. Funcionó normalmente hasta las 8:40 de la mañana, pero la transmisión correspondiente a las 8:50 ya no llegó. Otra estación situada 36 kilómetros río abajo también dejó de transmitir posteriormente.

La propia violencia del fenómeno habría destruido parte de los instrumentos.

Según la reconstrucción, la riada recorrió esos aproximadamente 36 kilómetros en unos 40 minutos.

El problema es que los sensores estaban vigilando el río, mientras que el desastre había comenzado kilómetros arriba, en la montaña.

Un peligro que sí estaba advertido

Nadie podía señalar el día y la hora exactos en que aquella sección de la montaña se desprendería.

Pero la comunidad científica sí llevaba tiempo alertando sobre un escenario de creciente inestabilidad en el Himalaya, relacionado con el retroceso de los glaciares, expansión de lagos glaciares, deslizamientos, avalanchas e inundaciones repentinas.

El desafío ahora consiste en desarrollar sistemas capaces de observar no solamente los ríos, sino también los cambios que ocurren kilómetros arriba: en glaciares, paredes rocosas y montañas.

El cataclismo de Nepal deja así una inquietante paradoja. Los satélites permiten reconstruir después de una tragedia cómo desapareció una enorme sección de un glaciar, pero la tecnología todavía no puede determinar con precisión qué montaña está a punto de caer y cuándo lo hará.

En un Himalaya cada vez más cambiante, esa diferencia puede representar apenas unos minutos entre una alerta y una catástrofe.

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