Se dijo aquí en su día: es Kafkiano. Y Kafka se quedó corto, de hecho. José Arturo Domínguez Arteaga, el septuagenario que sorprendió el 25 de septiembre, a quienes se dejaron sorprender, no sólo no pagó la garantía de seriedad requerida judicialmente como postor acreditado para la subasta de Altos Hornos de México y Minera del Norte, ni en el plazo original ni en la prórroga concedida sin justificación, sino que fue aceptado en la puja por el otrora motor económico de la Región Centro de Coahuila, ¡con sólo 5 mil pesos de depósito!
Es decir, 5 mil pesitos para entrar a ver y revisar documentos de una empresa valuada en mil 326 millones de dólares, o 24 mil 531 millones de pesos. Los adjetivos para describir lo sucedido no alcanzan. El asunto es vergonzoso por donde se mire. Un episodio patético que daña la vida en colectividad.
Sin rutinas que seguir o responsabilidades que cumplir diariamente, por lo regular la gente ociosa suele tener los sentidos más despiertos. No es que sean más listos, pero sí más avispados y perspicaces.
En ese sentido, casi inmediatamente después a la difusión del video donde Domínguez Arteaga suelta una perorata inconexa y sandeces a los medios de comunicación presentes afuera del juzgado segundo en Materia de Concursos Mercantiles de la Ciudad de México, esos anónimos con mucho tiempo libre detrás de cuentas en redes sociales hicieron mofa del presunto comprador, empastando su voz con un clásico del humor viral: el video del “Canaca” (un simpático ebrio detenido en Guadalajara muchos años atrás, vestido con camiseta del Atlas, quien ante las cámaras y micrófonos de televisión reclamaba sus 50 mil pesos y haber sido amarrado “como puerco”). Fue la manera de condensar el ridículo y crear una joya de meme. Tenían razón. Siempre la tuvieron.
Se publicó en este mismo espacio el 29 de septiembre: el moreliano afincado en Guadalajara es dueño de una vivienda nivel socioeconómico medio en la colonia Prados Providencia, al ser ingeniero mecánico cuenta con un modesto taller mecánico de su propiedad en la colonia Quinta Velarde, y también a su nombre un pequeño departamento en un condominio multifamiliar de la colonia Monraz, todo en la capital de Jalisco.
En otras palabras: su patrimonio (incluidas las personas morales que comparte junto a sus tres hijos: Arturo, Christian y Michelle, de apellidos Domínguez Ruiz, todas formalizadas en Chapala y que van desde la fabricación de asientos para vehículos automotrices a promoción de conciertos musicales) no cubría ni el 1% del valor fijado como solvencia económica requerida.
No fue un tema entre particulares. Un quién da más. Había regulación en la materia. Por ello es una ridiculez la actuación judicial. A la jueza que la condujo, Ruth Haggi Huerta García, no le salva ni el hecho de haber dado vista a la Fiscalía General de la República por presunta “falsedad de declaraciones”; a todas luces improcedente, por lo demás.
¿Y el Servicio de Administración Tributaria? ¿Y la Unidad de Inteligencia Financiera? ¿Una transferencia multimillonaria a una persona moral prácticamente inactiva, prestanombres, no sería detectada?
Tampoco fue el único caso. Aquí se dijo el 24 de septiembre, que había un hombre de paja: el sexto participante; la única persona física, identificada como Octavio Pous Escalante, de 77 años, con domicilio en la Ciudad de México, sin empresas registradas a su nombre ni actividades económicas, y por domicilio fiscal una residencia en remate bancario por un adeudo.
La penúltima comunicación de Domínguez Arteaga fue fechada el 13 de octubre. La Promesa se Cumplió, se tituló el documento dirigido a “los trabajadores y extrabajadores de AHMSA y a sus familias”. Y luego, en el texto, una crueldad: “durante las próximas dos semanas está previsto iniciar los pagos a los trabajadores, comenzando por las obligaciones laborales que legalmente correspondan”. Para mayor “credibilidad”, con la firma autógrafa.
Más allá de la chunga como catarsis, se debe hacer mención de la pobreza del periodismo en los días que se viven, a propósito del caso. El septuagenario agarró a todos fuera de base, sin reflejos. Prácticamente la mayoría dio por hecho, como caja de resonancia, sus dichos.
Sin verificar. Sin cuestionarse las preguntas básicas de la noticia, sin saber siquiera lo más elemental: ¿quién es? Ya no digamos lo obvio: haber constituido en Morelia –su ciudad natal– y a contrarreloj, 24 días antes del segundo intento de subasta, la sociedad mercantil Ciesa Desarrollo, S.A. de C.V., con el objetivo de explotar minerales y metales: un traje a la medida de las “necesidades” de AHMSA y Minosa, y que la empresa “vieja”, Construcciones e Ingenierías Electromecánicas, S.A. de C.V. (cuyo objeto social es la obra civil e instalaciones de maquinaria), era sólo el esqueleto de lo que nunca fue.
O dar “seguimiento” a “su” cuenta de reciente creación en Instagram, “alimentada” por imágenes que cualquier niño de 6 años con conocimientos básicos de internet usaría para ilustrar un trabajo escolar.
El sentido crítico no existe más. ¿Estamos perdiendo la capacidad de asombro? Más importante: ¿el sentido común? Un hombre con evidentes signos de senilidad, deja muy mal parado al oficio.
Cortita y al pie
Un río. Los bisontes. Un canal. El cretácico. Agua. Los güeros. Estatuas. Cinco idiomas. No se sostenía ninguna de sus aseveraciones. Ni siquiera aquella donde afirmó ser “de Arteaga”.
Si la Selección Mexicana en el pasado Mundial de Futbol acuñó la pregunta retórica: “¿y si sí?”, jugando con las expectativas y la inteligencia colectiva, en Monclova el ánimo alrededor de la subasta se puede definir de la misma forma: de dientes para afuera, los monclovenses afirmaban que no era posible. No obstante, dejaban abierta una puerta (y una ventana), aventurando la posibilidad de un, “¿y si sí?”.
Es increíble que a un lustro de distancia, por ejemplo, sigan existiendo dudas acerca de quién indujo la quiebra de AHMSA (López Obrador) o que el Gobierno federal no ha mostrado en ningún momento interés por reactivar la siderúrgica, en el ámbito de sus atribuciones.
Hasta aquí alguien podría cuestionar: ¿y Monclova qué culpa tiene? En todo caso, es víctima de los embustes. Es “mitad víctima, mitad cómplice, como todo mundo”, diría Sartre.
La última y nos vamos
A casi dos años de habérsele declarado en bancarrota, y con un intento fallido de venta en febrero, no era difícil aventurar el destino final que tendría el septuagenario “catfish” conocido públicamente como “el dueño de AHMSA”, quien resultó más falso que aquél “hombre pájaro” avistado en más de una ocasión en Monclova, Castaños y Frontera, diferentes ocasiones.
Ahora bien, ese pensamiento mágico que le caracteriza como Región Centro, macondiano, de la realidad alterna, ha hecho mucho daño a la otrora capital del acero. A lo mejor ahí está el problema.
Ahí le van los siguientes movimientos: un personaje como ese no se detendrá pese a ser descubierto y exhibido. Por el contrario, más capítulos de comedia involuntaria nos regalará en lo sucesivo. Al tiempo.