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Decir adiós al celular en las escuelas de Coahuila; ¿por qué no?

Un libro que debería ser lectura obligada para educadores y, en general, es La Generación Ansiosa de Jonathan Haidt

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Un libro que debería ser lectura obligada para educadores y, en general, cualquier interesado en su entorno (desde un ámbito antropológico, sociológico y psicológico), es “La Generación Ansiosa (Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes)”, de Jonathan Haidt (Planeta, 2024).

No se asuste, no es autoayuda sino ciencia, y parte de una hipótesis: “la salud mental de los niños y adolescentes se derrumba”, y un diagnóstico: “desde 2010, en los países desarrollados, se ha observado un inquietante y pronunciado aumento en el número de jóvenes diagnosticados con ansiedad, depresión y otros trastornos psicológicos”.

Disculpe usted si cometo el barbarismo de mentar que todo tiempo pasado fue mejor, como suele cometerse por cuestión subjetiva, pero la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) y su sucedáneo, los Alfa (menores de 12 años de edad actualmente), no son mejores que sus antepasados. Aún a su corta edad y limitado desarrollo se puede percibir.

Y no lo son porque, por el contrario, llegamos al punto evolutivo donde hay un colapso y la teoría de que cada generación supera la pasada, ya no aplica.

Jonathan Haidt apunta hacia la convergencia de varios fenómenos: el rápido despliegue de la banda ancha de telecomunicaciones en el año 2000, la llegada del iPhone en 2007, la aparición de los botones “Me gusta” y “Compartir” en 2009 que transformó la dinámica social del mundo online (así las redes sociales que nacieron con la utilidad de vincular personas conocidas, se transformaron en un nicho de retroalimentación instantánea para desconocidos), la aparición de las cámaras frontales en los smartphones en 2010 (lo cual incita la publicación de fotos y videos selfies con el ánimo de que propios y extraños vean y, no sólo eso, sino que juzguen) y finalmente la adquisición de Instagram (la red de redes para el hedonismo, narcisismo y voyerismo) por el gigante tecnológico Facebook en el año 2012, lo cual catapultó su popularidad.

Para la referida Generación Z, cuya pubertad transcurre en ese universo que moldea la naturaleza de la infancia, deviene entonces lo que el autor denomina “la gran reconfiguración”. “Es como si fuese la primer generación que crece en Marte”, afirma. Una transformación histórica e insólita de la infancia humana, a partir de cambios tecnológicos y culturales profundos.

En Querétaro ya se dio el primer paso al legislar el asunto, y prohibir los celulares en las escuelas del nivel básico (primaria, secundaria y bachillerato). El pasado 20 de febrero entró en vigor la medida.

Es sencillo: el Estado debe cuidar de sí mismas a las personas. No sólo simular su existencia con instituciones que absorben presupuesto a través de edificios con rótulos y escritorios públicos. Si no hay autocontrol, y la consecuencia de no existirlo es perjudicial para la comunidad, alguien debe actuar y remediar el mal menor, antes de que escale. Como la controvertida propuesta de prohibir los saleros encima de las mesas. Si eres incapaz de controlarte, alguien tiene que hacerlo por ti.

Ahora bien, si en los hogares no educan, si la escuela no educa, y la formación de los infantes es sustituida por una tableta con imágenes que hipnotiza y entretiene, la sociedad en su conjunto vamos a padecer (no se vaya muy lejos, en un plazo de 5-7 años) a esas hordas de intolerantes a la frustración acostumbrados a mandar y a recibir estímulos instantáneos en consecuencia, así sea sólo en el mundo virtual con sus dedos, sin capacidades ni habilidades sociales (sucedió un par de veces a mediados de febrero en Ciudad Acuña, y en Piedras Negras en 2022: adolescentes suicidas (11, 13 y 14 años) por no tolerar la frustración que les produjo una reprimenda de sus padres, acerca del uso del celular).

Si bien la legislación coahuilense contempla el tema en el artículo 7 de la Ley Estatal de Educación, usa un verbo: “cuidar” que el uso de dispositivos móviles no sea usado como distractor “durante el tiempo destinado para la impartición de horas efectivas de clases”.

Lo anterior, en los hechos, representa no imponerse, no meterse en problemas como autoridades educativas. Máxime ahora, en los tiempos que se viven, cuando los profesores han perdido autoridad sobre sus grupos y libertad de cátedra, migrando el modelo magisterial hacia guarderías ideológicas del pensamiento woke.

Que no haya control, restricción y dominio. “Prohibido prohibir”, dijo el orate de Macuspana, como tantas otras expresiones, como disonancia cognitiva y sin un significado real más allá del populismo demagógico.

No obstante pocas acciones pueden ser tan efectivas, por su alcance masivo, incidencia directa en el comportamiento social, y costo económico cero, como prohibir los celulares en las escuelas.

Un hábito transformador. Una desintoxicación digital.

Cortita y al pie

En un libro previo de Jonathan Haidt (2019), “La transformación de la mente moderna” (Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso), este prueba diversos puntos, como que los adolescentes empezaron a deprimirse más después de que tuviesen iPhone, o que usuarios más intensivos fueron a su vez los más deprimidos, mientras que quienes dedicaban más tiempo a actividades presenciales, eran los más sanos.

En cuanto a los universitarios nacidos después de 1995, les califica como frágiles, “hipersusceptibles” y maníqueos. “No están preparados para encarar la vida, van de cabeza al fracaso”.

Por ello propone tres cosas: nada de smartphones antes de los 14 años (sólo teléfonos básicos con aplicaciones mínimas y sin navegador de internet), nada de redes sociales antes de los 16 años (cuando el desarrollo cerebral más vulnerable haya ocurrido), y escuelas sin teléfonos móviles (durante la jornada escolar es la única manera de liberar su atención para los demás y para sus profesores).

Sin embargo sólo la última depende del Estado.

La última y nos vamos

El tema es urgente y complejo. Mientras esto sucede, ¿cuál es la prioridad del tercer Senador de Morena por Coahuila, Alfonso Cepeda Salas, quien a su vez es líder magisterial del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación?

Sencillo: afiliar a Morena millones de maestros agremiados al SNTE como cuota autoimpuesta para congraciarse como sindicalista con el poder.

Ruin, es poco.

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