No lo parece a simple vista, pero al interior del Valle de las Montañas Azules, también conocido como Saltillo, la vida ya es otra cosa.
Acaso la mayor tragedia civilizatoria que se recuerde: caravanas de coches para festejar un cumpleaños, una graduación o un baby shower, circulando con ánimo de carnaval descafeinado alrededor de la casa del festejado sin bajarse del auto por un asunto de sana distancia mal entendida entonces, tiempos de pandemia, ha sido reinterpretada seis años después, ya sin una causa de fuerza mayor decretada por la Organización Mundial de la Salud.
Un boom de limusinas Hummer circulando por las principales calles y avenidas de la ciudad a últimas fechas, dando vueltas sin un sentido práctico y acumulando kilómetros en sus filas de neumáticos incorporados al chasis, pasean por horas alquiladas de antemano a quinceañeras y sus púberes invitados elegidos para subirse y, desde ahí, otear de pie todo a su alrededor y gritar a lo que se mueva, o no.
Luego de aquel distópico capítulo en 2020 que parecía enterrado en el museo de la infamia junto a las jergas para “desinfectarse” las suelas de los zapatos, la historia se repite aunque ya normalizada. No se trata de una moda juvenil, sino de un fenómeno más profundo de lo que se cree: la transformación de la vida social en ciernes (o el colapso de esta, según se vea).
En el Municipio que abandonó el provincianismo en los ochentas gracias a GM y gradualmente se convirtió en un corredor de armadoras, rodar es el verbo que condiciona la existencia.
¿Ha escuchado usted hablar a un saltillense promedio más allá de sus monosílabos evasivos o breves comentarios forzados acerca del clima, propios de su actitud ultramontana?
Gran parte de la narrativa la compone su trabajo presente o pasado en la industria automotriz, expectativas acerca del mercado y nuevos modelos como objeto de deseo. Todo gira en torno a lo mismo. Es un asunto de antropología. El Homo Carrus (hombre carro, del latín) es un tema de estudio.
Las pandillas que antaño se solazaban en las esquinas o cualquier espacio público barrializado, ahora son colectivos de bellacos motorizados. La bici, en cambio, es el estereotipo de transporte para trabajadores de la construcción o jardineros.
Hay carros yonkeados en cada calle, de cada manzana, de cada sección, de cada distrito, de cada sector de la ciudad. La superficie asfáltica es ocupada por ellos en todo momento. Nadie es capaz de deshacerse de uno.
Los pasos peatonales, epítome de la vergüenza, son elevados, no a nivel de suelo, por una cuestión de prioridades: quien pasa primero sin detenerse, es el automóvil, no el transeúnte.
Nuevas concesionarias de vehículos chinos aterrizan como kamikazes. Tramos kilométricos de alta velocidad y puentes que incitan a correr ganan terreno en la mancha urbana, donde no existe ninguna posibilidad para transitar de otra forma. La ciudad entera es un circuito Nascar apaisajado por construcciones inacabadas, asimétricas y anárquicas como patrón visual grisáceo de identidad urbana, plazas comerciales inoperantes, locales en renta permanente y nuevos proyectos que no fraguan ni resisten en pie más allá de tres meses. Incipientes negocios inician ideando el espacio de estacionamiento; el equivalente a construir la casa por el tejado.
Nadie está dispuesto a bajarse del auto pese al boom expansivo de vehículos que, de tres lustros a la fecha, embotelló las vialidades. Para describir la realidad social, debemos partir de una premisa: el habitante de Saltillo una vez adquiere uno, por más austero que sea este, no vuelve a subirse al transporte público ni en defensa propia. No sólo eso, vive para cambiar de modelo cada tres años al menos, como dictan los cánones de la urbe. Un círculo a perpetuidad del que pocos escapan.
Hace años un desvencijado Tsuru fue capturado en una fotografía icónica mientras circulaba por el recién inaugurado Distribuidor Vial “El Sarape” con una leyenda inscrita a mano en la defensa trasera, acaso para justificar a la sociedad su presencia en el espacio público: “es más gacho andar a pie”.
En circunstancias que no suelen ser tan excepcionales, hay hasta media docena de coches por domicilio. Y esto, por increíble que parezca, no es un asunto de nivel socioeconómico alto sino de status social. Es su carta de presentación en sociedad. En Saltillo la persona no vale per se, no suena por sí misma ni tiene voz propia por definición etimológica, sino mide su valor en función de lo que monta. Mi carro, luego existo.
“¿Qué carro traes?”, es la pregunta que funge como hipótesis a desarrollar, y pretende resolver una investigación antropológica y sociológica del individuo. Interacciones basadas en el “qué dirán”. Ahora bien, si esa es la convivencia, ¿cómo puede florecer entonces la cultura?
Ayer, sin embargo, un grupo de profesores protestando en las calles de la capital del estado y bloqueando las principales vías, exhibió la fragilidad del modelo.
Cortita y al pie
En Saltillo la burbuja de policarbonato y cristal funge como protección de los otros, ese infierno encarnado que definió Sartre. No obstante, hay en ella una advertencia implícita: puedo convivir, sí, aunque desde mi coche. Individualismo en su máxima expresión. Egoísmo a secas. Libertad personal que significa segregación en los hechos.
Relaciones sociales de Drive thru. Como quienes circulan montados en una limusina Hummer aparentando independencia y autonomía, transitando en circularidad hacia ninguna parte como manifestación cultural.
La última y nos vamos
Al recibir el Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026, a principios de mayo en Barcelona, la bielorrusa Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Aleksiévich, expresó en su discurso: “Puede que no acabemos de entender la locura del día de hoy, pero tenemos que dejarla por escrito”.
Eso es. Justamente.